He inventado un test de broma que utilizo a menudo en la consulta cuando tengo a alguien delante que me está contando algo que le emociona y le hace llorar. Siempre tengo un paquete de kleenex sobre la mesa y espero que si alguien llora lo vea y coja uno por sí mismo.
Con el tiempo he visto que en realidad esta situación tan anecdótica es una metáfora de hasta qué punto la persona que tengo delante, y que ha venido a mi consulta pidiendo ayuda, es capaz de recibirla.
Porque pedir ayuda en realidad no implica ser capaz de recibirla, al igual que la voluntad de hacer algo no implica necesariamente la capacidad de llevarla a cabo.
Muchas personas se dan cuenta de que no están bien, de que hay algo que podrían hacer diferente para dejar de sentirse tristes, enojadas o miserables. Y tienen ganas de que así sea, buscan soluciones e intentan que su situación cambie. Pero a la hora de la verdad no son capaces de pasar a la acción y llevar a la práctica lo que saben, sospechan, intuyen o les han dicho que puede ser beneficioso para ellos.
Todo el mundo sabe que si lloras va bien secarte las lágrimas (y los mocos, la mayoría de las veces) con un pañuelo de papel. Y es difícil explicar el hecho de que, teniéndolos tan a mano como lo tienen en mi consulta, alguien no coja uno por iniciativa propia o lo acepte si soy yo quien se lo ofrece.
¿Cómo explicar este hecho tan curioso?
La respuesta no es simple pero aquí entran dos conceptos que en psicología llamamos resistencia al cambio y beneficio secundario del síntoma negativo y que podrían explicar este hecho aparentemente ilógico.
Por un lado, realizar cambios es costoso a nivel de gasto energético del cerebro. Recordemos que nuestro cerebro tiene como objetivo sobrevivir el máximo de años posibles, y sabe que para ello es mejor reducir el consumo energético todo lo posible.
Y por tanto intenta realizar el mínimo de cambios posibles, aprender el mínimo de cosas posibles o realizar los esfuerzos justos y necesarios para sobrevivir, pero no más. De ahí nacen fenómenos tan universales como la pereza, la apatía o el aburrimiento. Son el mecanismo por el que el cerebro garantiza una cierta inmovilidad que le llevará a seguir funcionando más tiempo.Probablemente no le llevará a ser más feliz ni más asertivo ni más listo, pero sí más viejo.
Por otra parte, sólo hay una manera de explicar el misterioso hecho de que una persona que sabe que está mal, que necesita ayuda y llega a pedirla, pero nunca llega a llevar a cabo los cambios que debe hacer para poder sentir mejor.
¿Quién no conoce a alguien que se encuentra en un trabajo poco remunerado o poco reconocido y que tiene dificultades para dejarlo y buscar uno mejor?
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¿O cuántas personas de tu alrededor aguantan situaciones de pareja inaguantables por no tener que dejar esa relación?
Podríamos seguir con muchos y diversos ejemplos de situaciones personales que son evidentemente negativas para la persona, que a la vez lo reconoce y querría cambiar, incluso sabiendo cómo debe hacerlo, pero que es incapaz de ponerse manos a la obra.
¿Nunca te has preguntado por qué?
Una posible respuesta es que a pesar de estar en una situación adversa, ésta es una situación conocida, donde la persona siente que controla hasta cierto punto. Y es que muchas veces arriesgarse a realizar los cambios necesarios para estar mejor comporta una serie de esfuerzos, emociones y sensaciones que pensamos que no podemos afrontar o superar. Y es preferible quedarse donde estamos antes que arriesgarse a intentarlo y no salir airoso de la situación.
Ambos fenómenos son universales y ninguno de nosotros se las ha ahorrado en un momento u otro de la vida.
Y en el fondo son mecanismos de supervivencia, por tanto no siempre son censurables. De esta forma nos ayudan a valorar mejor en qué situación invertimos nuestras energías y cuándo no vale la pena porque el coste de afrontar puede ser demasiado grande por el beneficio que se puede sacar.
Que cada uno decida cómo aplica esta sabiduría innata e inconsciente. Lo que sí debemos tener claro es que una cosa es querer y la otra, muy distinta, es poder.
Puede que vayan juntas a veces, pero no siempre.
Y no pasa nada.
Si aceptas tus emociones, cambias tu vida.
Anna Romeu, colegiada nº 11336 del COPC
Presidenta Emergencias del COPC y representante Española en EFPA Crisis & Disaster División
Especializada en Educación Emocional, Terapias y Formaciones
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